- Julio Cortázar
No hay que llorar porque
las plantas crecen en tu balcón, no
hay que estar triste
si una
vez más la rubia carrera de las nubes te reitera lo
inmóvil,
ese permanecer
en tanta fuga. Porque la nube estará ahí,
constante en su
inconstancia cuando tú, cuando yo --pero
por qué nombrar el polvo y la ceniza.
Sí, nos equivocábamos
creyendo que el paso por el día
era lo efímero, el agua que resbala por las
hojas hasta
hundirse en la tierra.
Sólo dura la efímero, esa
estúpida planta que ignora la
tortuga,
esa blanda tortuga que tantea en la
eternidad con ojos
huecos,
y el sonido sin música, la palabra sin canto, la
cópula sin
grito de agonía,
las torres del maíz, los ciegos montes.
Nosotros, maniatados a una
conciencia que es el tiempo,
no nos movemos del terror y la delicia,
y sus
verdugos delicadamente nos arrancan los párpados
para dejarnos ver sin tregua
cómo crecen las plantas del
balcón,
cómo corren las
nubes al futuro.
¿Qué quiere decir esto?
Nada, una taza de té.
No hay drama en el murmullo, y tú eres la silueta de
papel
que las tijeras van salvando de lo informe: oh vanidad de
creer
que se
nace o se muere,
cuando lo único real es el hueco que queda en el papel,
el gólem
que nos sigue sollozando en sueños y en olvido.