01/04/2014

A una mujer

-  Julio Cortázar 


No hay que llorar porque las plantas crecen en tu balcón, no
       hay que estar triste 
si una vez más la rubia carrera de las nubes te reitera lo 
       inmóvil, 
ese permanecer en tanta fuga. Porque la nube estará ahí,
constante en su inconstancia cuando tú, cuando yo --pero 
       por qué nombrar el polvo y la ceniza.


Sí, nos equivocábamos creyendo que el paso por el día 
era lo efímero, el agua que resbala por las hojas hasta 
       hundirse en la tierra.
Sólo dura la efímero, esa estúpida planta que ignora la 
       tortuga, 
esa blanda tortuga que tantea en la eternidad con ojos 
       huecos, 
y el sonido sin música, la palabra sin canto, la cópula sin 
       grito de agonía, 
las torres del maíz, los ciegos montes.
Nosotros, maniatados a una conciencia que es el tiempo,
no nos movemos del terror y la delicia, 
y sus verdugos delicadamente nos arrancan los párpados 
para dejarnos ver sin tregua cómo crecen las plantas del
       balcón, 
cómo corren las nubes al futuro.



¿Qué quiere decir esto? Nada, una taza de té. 
No hay drama en el murmullo, y tú eres la silueta de papel 
que las tijeras van salvando de lo informe: oh vanidad de 
       creer 
que se nace o se muere, 
cuando lo único real es el hueco que queda en el papel, 
el gólem que nos sigue sollozando en sueños y en olvido.